El conejito me miró, y aunque no dijo nada, yo entendí lo que me quiso decir. Caminamos juntos un rato mirándonos de reojo de vez en cuando. Llegamos hasta un río y el conejito se detuvo, miró el agua e inclinó su cabecita hacia la derecha. Observando los pececillos nadando a contra corriente se lo dije de nuevo:
–“Lo perdí todo”.
–“…”
Seguimos caminando, esta vez por la orilla del río, hasta llegar a un puente. Mientras lo cruzábamos el conejito empezó a cantar “Laki, laki, o laki mou”. Los días de campo son una pitufada, pensé. Él siguió tarareando “Mou kila, o kila, kila”.
Del otro lado del río, a unos cuantos metros, encontramos un claro de bosque y el conejito dijo:
–“Let us go in, the fog is rising”.
Cruzando el claro llegamos a los límites del bosque, más allá de los cuales una pendiente bajaba hacia un amplio valle rodeado en la distancia por montañas azules.
Comenzamos el descenso y no pude evitar decírselo una vez más:
–“Lo perdí todo”.
–“…”
–“Entiendo: romper la dura corteza mental”.
–“Y qué, ¿lo necesitas mucho?”
–“…”
Entonces, mientras nos adentrábamos en el valle, el conejito dijo:
–“La corta duración de mi vida, el pequeño espacio que ocupo: la inmensidad de los espacios. Hay más estrellas que gente en la tierra, gente o estrellas me ven con tristeza, etc…”

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