martes, 21 de junio de 2011

everybody happy


La historia es para miarle encima. A los 17 yo me sentía a mil kilómetros del centro del mundo. Crecí en la periferia, siempre viendo hacia adentro. Siempre mirando por la ventana. Salía a caminar por la ciudad y regresaba decepcionado: era parte de una generación en busca de un soundtrack. Viví una historia secuestrada. Por ello, el problema cultural se me presentó como obsesivo, humana, filosófica y existencialmente: “¿Quiénes somos culturalemente? ¿Cuál es nuestra identidad histórica?” No era una pregunta sobre la posibilidad de describir objetivamente dicha “identidad”, era algo anterior. Era saber quién es uno mismo como angustia existencial. ¿Quién soy? Soy lo que quiero ser: soy hermano, soy amante y amigo de quien quiero ser. Afirmo que la puta es mi madre y que la puta es mi hermana y que el puto soy yo y que todos mis hermanos son maricones. Soy hombre, soy indio, soy padre, soy loco, soy puto, soy viejo, soy joven, soy discapacitado, soy blanco, soy moreno, soy pobre, soy mujer también. Y en el centro de esta disputa reposaban preguntas que pretendían ir más allá en relación a la autenticidad. En 1975 me aburrí. En 1976 también. Y luego vino el ruido cómo un endemoniado relámpago, el ruido que se convirtió en un recurso a lo largo del siglo XX. El ruido era una guerra cultural, era una sociedad secreta, era un mundo dentro un mundo, con el más intenso y glorioso soundtrack, con la mejor ropa, el debate más feroz, y la política más idealista. El ruido lo cambió todo. No sólo mis pantalones. Mi vida. El rol del ruido era catalizar y acelerar, poner las cosas de cabeza y, al hacer esto, abrir nuevas perspectivas. La potencia dentro del ruido se fijaba, peligrosamente, en una considerable cantidad de negatividad; la violencia, de una suerte u otra, fue un frecuente y volátil aspecto de la forma. La negatividad por oposición a las declaraciones de positivismo indispensables a la, por entonces nueva, respectabilidad académica. El ruido debe ser visto como la falla constante, la falla de seguir siendo ruido al volverse una práctica familiar o aceptable. Como subsuelo de todo lo anterior encontramos la idea del ruido como negatividad: el habitual deslizamiento filosófico imparable hacia el lado opuesto. No quiero pertenecer a un club que me acepte como miembro. No futuro (Da! Da! Da!).




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